martes, 12 de julio de 2011

Tras el silencio

Tras una pausa de producción, no aletargada precisamente, escribo palabras de vacaciones esperando tener un letargo veraniego de lo más productivo. Redacto junto a una ventana a través de la que veo caer una lluvia de verano parecida a la que le cae encima a El Manco de un conocido western.

A diferencia de otros escritos en este no pretendo dar a conocer una historia ocurrida sino simplemente dejar fluir la espontaneidad como la del caminante que no pretende llegar a ningún sitio mientras pasea por la ciudad, es decir, un andar suave pero animado que solo es guiado por las apetencias que puedan sugerir los sentidos en un momento de falta de obligaciones.

Ejemplo de lo último podría ser algo como el bajar por la Rambla con un paso que podría ser a ritmo de una pieza de Lacho Drom (recomiendo La Verdine) algo animado, como pretendiendo buscar el sitio donde uno fuera esperado para, pongamos, una cita. Una vez ese paso pasa, empieza algo más lento, más de película francesa. Girar a la izquierda en carrer de la Canuda, esquivar turistas y carteristas mientras se fuma un cigarrillo y se martillea el suelo con bastón de punta dura; se gira en Portal del Àngel buscando, váyase a saber qué y se enfila uno hacia la catedral tras señalar a dos holandeses despistados la dirección a Plaza Catalunya.

Una vez en frente de la catedral, vuelve aquel sobre sus pasos para coger carrer del Bisbe y llega a la Iglesia de Sant Sever pero no baja por aquella calle perennemente encharcada sino por el callejón que lleva la plaza de Sant Felip Neri a un paso más sosegado (como en Lentement Mademoiselle de Django Reinhadt). Para en la fuente y se ata el zapato izquierdo, no sin que caiga el bastón que se había reclinado en la repisa donde apoya el pie.

Luego, tras quitarse las gafas tintadas, se mira el paredón de la iglesia del santo que da nombre a la plaza, horadado por incontables balas que en tiempos desafortunados segaron las vidas de múltiples clérigos, religiosos y algún laico. Con tal pensamiento en la mente, el paseante, no puede parar en la terraza de la plaza a tomar nada, así que continúa hacia Sant Sever y asciende unos metros para mirar que piezas nuevas tienen en aquella joyería tan rara. De tan especial que es el genero, el nombre del establecimiento pasa completamente desapercibido.

Tras ver pendientes que son cascaras de huevo, gemelos en forma de revolver y colgantes que imitan hojas, sale y va calle abajo hasta Baixada de Santa Eulalia y, después de ésta, tuerce la derecha en carrer dels Banys Nous casi siendo atropellado por un ciclista barbudo, cosa que le enerva un poco haciendo más propio un tema más grave para sus andares (Cavalerie, también del maestro Reinhardt).

Al llegar a la esquina de Banys Nous con Carrer de la Palla mira el escaparate de pastas y tartas del Arcadia, el salón de té esquinero. Viendo aquella suculenta tarta de higos que tantas tardes de lunes le ha hecho pecar decide que es momento de un segundo desayuno, total, es muy pronto para un aperitivo. Se sienta en la mesa del centro de la sala de cara al gran ventanal sin cortinas a través del cual montones de curiosos admiran los manjares del aparador que hay en el interior. Es divertido curiosear las caras que pasan por delante de aquel cristal, sobre todo cuando se dan cuenta de que han sido descubiertas en su fisgoneo. Esto último suele invitar a entrar a más de un curioso en el que se despierta aquella complicidad de "Sí, la primera vez que entré yo también fui observado por un desconocido mientras miraba las pastas.

Tras el atracón uno puede acabarse la tisana e ir de vuelta la Rambla, coger calle del Carmen y ponerse en el patio de la Biblioteca Nacional a leer una novela de western de las de 75 pesetas comprada en cualquier tienda de la última calle y pasar el resto de la mañana entre Sol y sombra estando seguro que ni ha estado holgazaneando ni que su paseo ha sido vacuo.

lunes, 16 de mayo de 2011

¿A que nunca había visto decirle adiós a unos zapatos?

A proposición de la señorita de los zapatos rojos he decidido disertar acerca de calzado. Hace una semanas estuve en Florencia y, de camino allí, en la población de Santa Margherita Ligure me compré unos mocasines azules de ante. Hacía una eternidad que no me ponía en la Isla y al otro lado del Atlántico llaman "loafers".

Al principio me parecieron una de esas mamarrachadas de la moda actual que permiten a los oficinistas un toque de informalidad dentro de su uniforme pero una vez empecé a pasear con éstos calzados me di cuenta de lo cómodos que son. La sensación era de ir con zapatillas de andar por casa pero très à la mode. Todo en ellos era estupendo hasta que apareció mi hermana y su gran sentido de la estética para increparme por llevar calcetines.

Obedeciendo su criterio aquel paraíso se convirtió en un infierno de adoquines, además tenía frío en los tobillos mientras la planta de mis pies era un horno. Para colmo, acostumbrado a los zapatos de cordones cuya suela solo se flexiona de manera cóncava, los pedazos esos de cuero se doblaban también en sentido convexo con lo que cada borde de adoquín de me clavaba en el pie como si fuera descalzo.

Reconozco que los zapatos de cordones no son prácticos a la hora de ponérselos y, menos, a la de quitárselos uno. De todos modos, al tener una estructura parecida a las botas amortiguan los pisotones y hacen que el impacto contra el suelo no le acabe reventando el alma al caminante.

Entiendo que los zapatos de vestir no sean cómodos para según que situaciones y terrenos pero ir con bambas (como llamamos los catalanes a las deportivas) puede dar una imagen poco adecuada para según que ambientes (aquello de que bien vestido se puede ir dónde se quiera).

En definitiva, que el calzado debe llevarnos lejos pero que nos guste que nos lleve. si vamos con unos zapatos que nos gustan pero no llegamos al umbral de la puerta no vale la pena. Esto no va para las damas ya que todos sabemos que la belleza duele, pero les recomiendo que para evitar el dolor de los tacones prueben unos Ferragamo, que no acaban doliendo como unos Manolos u otro producto de otra casa (¡nótese que no lo digo por experiencia propia!).

martes, 26 de abril de 2011

Cubierto de salsa

Por falta de buenas historias en el último mes, he decidido que (por poner algo) público la siguiente fantasía.

En un pequeño restaurante del Borne barcelonés espera un chico joven y desaliñado, preocupado por cual será el motivo del retraso de ella y arrepintiéndose de la mala elección que ha hecho con su atuendo. Cierto que el gris es el nuevo azul pero hay algunas mezclas de tonalidades que son preferiblemente evitables.

Tiene miedo de haberse perfumado en exceso, que sus calcetines sean demasiado estridentes. ¡Qué coño! Está sentado a la mesa en un restaurante del Borne barcelonés.


Ella sigue sin aparecer y, como cualquier chico nervioso, elabora las más fatalísticas teorías, como "habrá tenido un accidente" u otras menos altruistas como "asimílalo, te han dado plantón". De repente pasa una gabardina por delante de los ventanales del restaurante, entra y se cuelga al lado de la puerta. Él está tan ocupado pensando en ella que no se da ni cuenta que la tiene delante, a punto de sentarse con él a la mesa.

Aunque ya había llegado, él seguía nervioso, las mujeres siempre le hacen sentirse como en un examen, un reto: le gusta satisfacerlas en sus expectativas sobre él sin dejar de actuar como suele hacer y con ello queda satisfecho. Una vez alcanzado este primer objetivo va a por uno mayor, en según que casos, muy difícil pero siempre más divertido: seducirla. Independientemente que su segundo objetivo sea la seducción, él no es un seductor, es decir, una cosa es ser seductor y otra muy distinta es ser UN seductor. El que es de los primeros, como él, atrae a todo el mundo; en cambio, los segundos atraen a un tipo de gente mucho más inmadura y superficial que generalmente hace escarnio de los primeros pero, valga el tópico, por pura envidia.

Volviendo a la mesa, él se levanta para cambiarle el sitio y darle una mejor perspectiva del restaurante, decisión tomada de manera poco premeditada dándole simplemente un punto de vista diferente pero no mejor. Empiezan a conversar de esto y aquello cuando les traen la carta y ella habla de compartir los platos cosa que a él le rompe los esquemas, a parte de no haberlo hecho jamás en una cita, él solo conoce sus propios gustos. Se pone más nervioso y aun más intentando no exteriorizarlo. El embrollo de qué proponer como plato comporatido tiene fácil solución ya que él no le hace ascos a ninguna comida y, por ello, le dice a ella que, siendo mejor conocedora del restaurante, elija los platos.

El decrecimiento de su nerviosismo a partir de aquí, si se expresara en una gráfica, sería radical pero alcanza un mínimo y vuelva a crecer cuando les preguntan poer el vino. Siendo un restaurante especializado en pescado, lo propio es pedir un blanco pero él no sabe más que de tintos y muy poco. Entonces, ya poniéndose en evidencia, le vuelve a pedir a ella que elija.

Al ser platos para compartir, él no sabe por donde empezar ni si empezar antes que ella. Se espera y sigue hablando de una tema tan recurrente como es el cine, evitando referencias pueriles como decir que la situación le recuerda a tal film o tal otro.

Comen, beben y hablan, como ya he dicho, de esto y de aquello hasta que terminan la comida. Otra vez se disponen a pedir, ahora: el postre. El toma la iniciativa y dice lo que le apetece pero no es del agrado de ella el mascarpone-toffe poniéndolo de manifiesto cuando habla del helado de avellana.

Ella se disculpa y se levanta de la mesa. Él queda solo, creyéndose observado por un millón de espectadores imaginarios como si estuviera en una película y supiera que es un personaje. Olvidando lo último, desde que ella se ha retirado, el helado de avellana se le ha hecho más y más apetecible y cuando ella está regresando, él pide el mencionado postre. Lo comen juntos, sin ceremonias hiperglucémicas pero con una recíproca mirada a laso ojos que no queda lejos del romanticismo.

Terminan y aparece la última y más brutal de las luchas en una cena: pagar la cuenta. En ese momento él se da cuenta de la gran mancha de salse en su camisa creando para si un ambiente más tenso. "¿Habrá visto mancha?" o "¿ha visto con qué torpeza me la he hecho?" son las preguntas que se le ocurren antes de pagar. ¿Qué hace? ¿Se deja vencer en esta batalla final mostrando una imagen infantil e inocente o paga ya actúa modestamente como un pagafantas? Distraído como está en su fuero interno acaba siendo invitado, de todos modos ha cedido ante el helado de avellana.

Al final, salen, encienden sendos cigarrillos, hablan de esto y de aquello, se besan y no piensan en nada (excepto por la mancha en la camisa). A pesar del tópico, todo es imperfectamente perfecto.

sábado, 19 de marzo de 2011

Calle Salmerón

(Recomiendo a los usuarios de Spotify que al leer éste articulillo escuchen una y otra vez The Old Fun City de Burt Bacharach en la banda sonora de "Butch Cassidy And The Sundance Kid" para mayor apreciación y sumergimiento en el contexto del escrito. Es más, les insto a buscar las imágenes que me han inspirado el texto.)

No pudiendo dormir pensando en qué estarán haciendo mis colegas en una noche en la que mi mayor plan ha sido ir a conversar al Cementerio de Elefantes (antro de bella y mala reputación del barrio), finalmente me he puesto a merodear por otros antros cibernéticos observando fotografías del blog itsbarcelonababy donde mi hermana salió retratada por su buen gusto en cuanto a vestimenta, he encontrado un video de una vista tomada del tranvía 169 de Barcelona en el año 1908 de Nuestro Señor. Este tranvía hacía el siguiente recorrido: subía por Paseo de Gracia siguiendo por Gran de Gracia (antes calle Salmerón) y en la Plaza Lesseps se encaminava a Avenida República Argentina y una vez arriba del todo pegaba la vuelta para volver por donde había venido a Plaza Cataluña y volver a empezar el recorrido.

El video me ha provocado nostalgia y melancolia por un tiempo que no pude vivir ni conozco ni conoceré a nadie que lo haya vivido. Es una situación histórica en la que mentalmente me gusta imaginar al Dr. Júvar o a mi padre; por supuesto, sé que no la vivieron pero, desde luego, conociéndoles, es perfectamente elucubrar que la vivieran, no por la edad física que aparentan.

La gente, consciente de la cámara rombolesca (nada que ver con las de ahora) en el morro del tranvía, procuraba pasar por delante de ésta de manera disimulada (como quien no quiere la cosa) aunque había algunos transeúntes que montaban la escenita y se hacía ver de manera teatral como si se hicieran una retrato al estilo de la escena de The NY Sequence en "Dos hombre y un destino".

Ver a gente bien vestida (¡y de diario!) por el Paseo de Gracia o la Calle Salmerón es una imagen que me sorprende y a la vez me parece natural, como si la hubiera visto un millar de veces (en mi cabeza). Hoy en día, mucha gente se emperifolla cuando en realidad visten como pordioseros (no implico que trajearse sea la máxima de mi canon estético); lo que debiera hacer todo el mundo es llevar la ropa con más naturalidad; a todo el mundo se le ve interpretando un personaje de acuerdo con su estilo de vestimenta, cosa que resulta ridícula y cargante ya que no es su verdadera personalidad sino un ente creado por el miedo al "¿qué dirán?". En las imágenes inspiradoras de lo que escribo veo inconsciencia en cuanto al atuendo, cada uno lleva lo mejor que puede lo que tiene para cada día sin importarles que llevan pues es lo que les identifica dentro de la sociedad en la que, con mayor o peor fortuna, diré que se sitúan más arriba o más abajo pero están orgulloso de su posición. Actualmente, el que está arriba pretende que está más abajo y el que está abajo apunta para arriba con un falso orgullo de su posición real. Cada uno debe aceptar lo que es y donde está a la vez que acepta lo que son y dónde se encuentran los demás.

Hay una asunto que sigue inquietándome, lectores míos: ¿me ven ustedes como un excéntrico pretencioso, un romántico acabado o qué? (Espero que empiecen a usar más a menudo la sección de comentarios de este blog).

Espero que este artículo les haya resultado menos pesado de leer ya que algunos de ustedes ya me han criticado por extenderme demasiado. Adjunto, además, un saludo a la señorita Fores quien me ha mentado la despreciable pero necesaria publicidad que hago de estos escritos.

lunes, 14 de marzo de 2011

De mentores y de pupilos o comiendo con el Presidente.

Tras un mes de ausencia, vuelve a visitarme la señorita inspiración que claramente es soltera y no le gustan las ataduras conmigo pero le gusta verme de vez en cuando, no sé por qué pero ahora me la imagino con zapatos rojos.

El miércoles pasado tuve la oportunidad de comer con el muy honorable Presidente Jordi Pujol. Fui acompañando a mi padre, mi mentor (el Dr. Júvar) y a Narciso Pi (pupilo de mi padre). Fue una experiencia interesante ver a una institución personal como es el Presidente de la Generalitat con más tiempo en el cargo. Debo hacer notar que sigue actuando y hablando como un político sin serlo actualmente, pero decir mucho sin decir nada y responder lo que se quiere en vez de lo que quieren con una pregunta es un don/defecto que sólo poseen los políticos.

Fue una comida interesante, y un saludo interesante, quiero decir, cuando fui presentado a M. H. Jordi Pujol se me creó una situación extraña en la cabeza; estaba, en cierto modo, emocionado y por otro lado debía aguantarme la risa cada vez que oía su carraspera, conocida y caricaturizada por todos aquellos que leen esto. No seguiré hablando de el Hombre ya que me daría para escribir un libro.

Después de la comida fuimos, los que acompañaba y yo, a hacer la sobremesa a la azotea del Universal, hotel situado en frente del Liceo. Hacía un Sol espléndido y fumar al aire libre resulta muy agradable en esa situación, viendo gente tender ropa en los terrados y turistas paseando por la Rambla. Estuvimos hablando de esto y aquello: textos de Stefan Zweig (sobretodo la póstuma biografía de Montaigne), algo de Joseph Roth (y su Hotel Savoy, que no es el de Londres) y un largo etcétera que el lector se puede imaginar viendo de qué cuerda son los mencionado temas.

En el entretanto me di cuenta de la situación, dos pares de mentores y de pupilos. Entonces pensé en aquello que me había dicho mi amigo Marcelo Stranglehoff de no sé qué película en la que decían que todo hombre, en su vida, ha de tener un discípulo y un maestro, lo que me planteó ¿quién narices es mi aprendiz? y ¿puedo o no elegirlo?, lo lógicamente absurdo es pensar que mentor y pupilo se han de parecer pero creo yo que el pupilo debe de trascender al maestro y hacerse a si mismo con la guía del mentor. Obviamente buscando el parecido con alguien solo se consigue una caricatura del imitado y de uno mismo, si yo fumara los mismos puros que el Dr. Júvar, bebiera sus gintónics, no sería un aprendiz, sería un burdo imitador. Si uno por ser mi aprendiz entiende ponerse americana y corbata, fumar mi marca de cigarrillos y beber cócteles creados en los años 20 no hace más que imitar mi personaje sin aportar nada de nada al que pudiera ser su aprendiz, que lo que aprenderá es una imagen viciada de mi mismo. Es como disfrazarse de hobbit y medir 1'90 y que luego un tercero entienda que los hobbits miden casi dos metros.

El problema reside en si se puede hacer de maestro Shao-Lin y elegir y hacer criba de discípulos o tiene que ser en plan ONG para el desarrollo de la personalidad y ayudar a despersonalizados y estereotipados sujetos en busca de autenticidad. En el caso de mi padre y Narciso, mi padre fue quién eligió, pero en el del Doctor y yo diría que elegí yo. Conclusión, ninguna.

Quizá es que alguien muy abierto de miras me ha dicho que soy abierto de miras y ahora me estoy planteando si realmente soy abierto de miras, como me dicen, o soy tan snob y cerrado como me gusta ser. Puede que sea partícipe de una especie de snobismo abierto de miras o de un ancho de miras esnobista.

Hay que ver con la maravillosa dama de zapatos rojos; ora viene, ora se va.

lunes, 14 de febrero de 2011

Afeitarse como un Presidente.

Desde hace relativamente poco voy a que me afeiten en una barbería de Travessera de Gracia. Es una experiencia curiosa las primeras veces y relajante las "segundas". Desde luego se lo recomiendo a todos aquellos que se afeiten y que no tengan prejuicios generados por personajes como Sweeney Todd o los gemelos albinos de la segunda parte de Matrix. En defensa del afeitado con navaja, debo decir, a estos reticentes a la hoja, que en manos expertas es difícil distinguir la hoja de los los dedos del barbero al tensarle a uno la piel durante un rasurado. Lo que quiero decir es que no es incómodo y desde luego la sensación y el resultado son mucho mejores que con maquinilla.

Suelo afeitarme los jueves y éste pasado, como cada semana, me acerque a la barbería y mientras esperaba mi turno para ser atendido hablábamos el barbero, otro cliente y yo. En una de estas, el otro cliente dijo:

—Esta mañana he visto que te hacían fotos.

El barbero contestó que los de cierto periódico se había enterado que el actual Presidente de la Generalitat de Cataluña (no soporto decir ni que digan President cuando se habla en castellano) se corta el pelo y se afeita en su establecimiento cosa que me lleno, un poco, de orgullo. Tampoco fue algo a lo que diéramos mucha importancia dado que el siguiente tema de conversación fue elevadísimo, una tienda de arreglos de ropa dos manzanas más arriba.

Finalmente, el otro pagó y se fue entonces me pude sentar en la silla del Presidente (dado que de las tres que hay solo se usa aquella).

Pedro, el barbero, inclinó la silla, me puso una toalla como babero, me untó con la brocha de cerda blanda, cerré los ojos y empecé a oír el rasgueo de la hoja contra la barba de una semana. Primero la mejilla derecha y parte del cuello, la izquierda, la parte restante del cuello, la barbilla y, levantándome ligeramente la nariz (cosa que no deja de sorprenderme), el bigote.

Después, recogió el resto de espuma con la toalla y cogió la botella de Floïd Vigoroso (loción para después del afeitado) —la cual no recomiendo para los primerizos en el afeitado (mejor Aqua Velva), no hay cosa que pique más en todo el universo, ver fórmula a pie de página—, tras dejarme medio atontado con el chorretón de este líquido, el cual creo componente de la inyección letal, me masajeó con algo de crema (creo que) hidratante, me cobró y me fui más contento que unas Pascuas con mi cara más suave que el culo de un bebé.

He de señalar que cuando decidí empezar a ir al barbero para afeitarme no fue una iniciativa motu proprio. De hecho, fue por una consigna en una de mis páginas web de cabecera (http://artofmanliness.com):

—Find a Barber.

Yo acababa de volver de un viaje y hacía varios días que no me afeitaba así que indague sobre barberías dónde se afeitara a navaja y, voilá, encontré 3 en toda Barcelona (suerte, la mía que una esta cerca de mi entorno callejero).

Otro motivo es que al no tener la necesidad de afeitarme a diario no me afeito con regularidad y con ello acabo adquiriendo un aspecto sucio o de enfermo —hablo por mi, a unos les sienta bien el vello facial y a otros no—. Pero, bueno, no pretendo que, ustedes, hagan suyos mis motivos pero, desde luego, insto a todos mis lectores (masculinos) que, al menos una vez, sean participes de esta experiencia costumbre de tantos en el pasado.



Fórmula de Floïd:
-6/10 de alcohol etílico.
-1/4 de ácido sulfurhídrico.
-1/20 de ácido de bateria.
-1/10 de guindilla en solución acuosa a un máximo del 25% (sino hace el mismo efecto que el Botox).
-unas gotas de Tabasco para darle sabor.

miércoles, 9 de febrero de 2011

¿Prohibido prohibir? Ya, seguro...

Tras quitarse el camarero lo único que nos faltaba en el Círculo del Liceo era quedarnos sin el copa y puro, quiero decir sin puro, solo copa. El anterior Presidente de la Junta del club habilitó los viejos armarios de las peñas de manera que los camareros se pudieran retirar antes que los socios y, así, nos hemos visto obligados a servirnos nosotros mismos, cosa que no me ocasiona ningún problema, pero esto de privarme de mis cigarrillos...

Comparto con mucha gente lo de que no hay que obligar a los demás a respirar nuestro humo, vamos lo que llaman algunos "fumadores" pasivos. Entiendo perfectamente que pueda molestar a cualquiera el humo de tabaco pero de ahí a prohibir fumar completamente.

Por ahora, hay problemas sanitarios muchísimo más graves que el tabaco: por un lado está el alcoholismo y no hablo sólo de los bebedores empedernidos, hablo del tema botellón, conocido por todos, pero, sobre todo, el botellón entre adolescentes. Yo, gracias a Dios, he aprendido a beber desde la enseñanza de mi padre y de gente que yo he juzgado como de su confianza. Desde luego que alguna vez he bebido más de la cuenta y luego he sufrido las consecuencias pero siempre he disfrutado todo aquello que he bebido. La gran parte de la gente con la que comparto generación no sabe distinguir de un whisky de 10€/botella a uno de 150€, no que yo sepa apreciar uno de 150 € (que seguro que tiene que sentar mal de lo caro que es) pero desde luego se cuando me están dando "garrafón". La gente de mi edad, por norma general no bebe para disfrutar, bebe para desinhibirse; no han sido pocas las veces que he oído la frase "primero bebemos y luego vamos a (ponga aquí el nombre del local nocturno)". Como excusa a esta cita muchos alegarán las mismas excusas que se usan para practicar el "botellón":
-"Es que en la discoteca te cobran a 12 euros la copa"
-"Es que te ponen garrafón"

Secundo ambas excusas pero, desde luego, la solución no es el botellón. Uno puede beber en casa, cosa que no se suele hacer porque A) da palo limpiar y B) mis padres están delante. Respecto a A debo preguntarte, a ti, "botellonero", que pones la excusa, ¿también te da palo limpiar la calle?; y, acerca de B, si tienes vergüenza de hacerlo delante de tus padres, ¿no crees que, a lo mejor, lo que haces no está bien?

Por otro lado, aun secundando las anteriores excusas, yo mismo me las rebato. Yo sé de sitios y consumiciones que se pagan a 12 euros pero son consumiciones y/o sitios a los que no voy a menudo (no hablo de discotecas) por el alto precio que; por alto que sea, viene seguido, de alta calidad en productos servidos y servicio prestado, servicios y productos que se pueden también adquirir por precios menores pero en sitios no frecuentados por la gente de mi generación.

Encontrar una buena atención, un buen producto y un buen precio en la Ciudad Condal no es una tarea ardua si no se es muy sibarita y se es amable con el servicio. En mi caso, sigo el tópico de más vale malo conocido que bueno por conocer pero, aun así, busco lugares poco visitados por el común de los mortales. De tal manera se consigue un afecto por parte del restaurador (no hacen falta propinas para ello) y un mayor conocimiento de la cuantía pecuniaria que supondrá la velada a la vez que un conocimiento necesario para el joven no emancipado, la respuesta a la ya tradicional pregunta materna, "¿A qué hora vendrás?"

Mis amistades con el servicio me han dado desde "precios de amigo" , pasando por cuentas de 0€, hasta lo que yo mas admiro que es saber, ellos, lo que quiero sin saber que lo quiero, ¿me explico?

Creo más agradable comer o tomar algo en un lugar conocido que en la intemperie.

Esto de la intemperie me lleva de vuelta al tema de partida, el tabaco.


Admito que la nueva legislación tiene su razón de ser, preservar la salud de los trabajadores, la cual secundo, pero no deja de sorprenderme ver algunos de los camareros del Boadas o de mi club salir a la calle para fumarse un pitillo, cosa que ya hacían antes de la primera ley antitabaco pero ahora se me hace verdaderamente raro. Por otro lado, no me parece bien que me priven de mis aficiones en tanto en cuanto las llevo a cabo sin afectar ni molestar a nadie. Teniendo en cuenta que en mi club —nuestro club— hay sitios nunca visitados por el personal excepto para limpiar hecho curioso ya que nunca coincido con el personal que se dedica a ello: entonces, si yo estoy en un compartimento más o menos estanco, sin nadie a mi alrededor y ventilo posterior y correctamente la estancia ¿también lo tengo prohibido?

Sinceramente, no encuentro la lógica en la Ley 42/2010, de 30 de diciembre, pues su sino es proteger la salud de los trabajadores pero ¿que narices protege si no hay ni trabajador ni, por consiguiente, salud que proteger?, salvo la mía misma pero la norma no va enfocada a mi.

Me dan ganas de hacerme carlista solo para poder llamar "isabelina" a esta ley.