jueves, 29 de septiembre de 2011

The Dandiacal Body

Me hablaba un amigo de su culebrón con una chica que conoció al iniciar sus estudios de ingeniería (pocas damas hay en su facultad). Una chica agradable y sencilla (a primera vista), interesada tanto por actividades culturales tanto de su propio ramo como del de letras. Una de esas rara avis que pueden hablar de Byron como neuropsicología o la construcción de un submarino. Era lo que algunos llaman dandizette, una mujer dandi (aunque solo a primera vista) y resulto serlo solo de boquilla, como aquellos que en un bar piden un gintónic como paradigma de la coctelería y no han oído hablar ni del dry martini o el beso de tortuga.

Todo les iba bien hasta que se enamoraron: él de ella y ella del que quería que fuera él.

Él es de provincias y ella es urbanita. El desasosiego empezó cuando el quiso seguir siendo quién era (romántico empedernido y algo bohemio) y ella quiso volver a ser normal; esto hizo que ella le soltara la peor puya en la que podía pensar, a mi parecer, un piropo:
—Yo busco alguien especial con quien pueda hacer cosas normales.

Analizo la cita. De buenas a primeras le llamo raro algo que, al menos para mi, es un gran halago. Pero el problema de la rarez personal es que a veces deja de ser la lucecita que nos hace distinguidos y distinguibles para convertirse en una luz incomoda, cegadora y ridícula a la vez, como (perdónenme los narigudos) una napia que se pasa de personalidad para ser un porche para el bigote.

Hay dos maneras de llevar la rarez: riéndose uno de si mismo, que me parece algo de lo más hipócrita pero esta socialmente aceptado, o encajando las peculiaridades de uno con el prójimo y aceptando críticas con estoicismo aunque la mayoría de comentarios son un insulto con intención de denotar que nuestra originalidad y especialidad son ridículas, cuando quien hace esos comentarios de escarnio es tan o más ridículo que nuestro desorden estilístico.

Dicho de otro modo: (parafraseando a William Beau Brummell) la originalidad nace de un estudiado desorden pero sin la apariencia de estudio. Si levantara la cabeza el padre del dandismo se daría cuenta que lo que el ideó como rechazo a lo recargado y excesivo (pelucas, maquillaje, perfume...), no se asustaría por que el dandismo se haya reconvertido en algo recargado de anacronismos, si no que es un rechazo a la pseudomodernidad que se postula en la actualidad como en su momento fue una crítica al falso clasicismo del que nadaba a contracorriente en su origen. A parte de este detalle, otra diferencia entre el antiguo dandismo y el actual es que ahora es imposible que se ponga de moda o se convierta en una tribu urbana, ¿o sí?

En definitiva, se sea o no un dandi, la originalidad con extrema moderación es buena siempre que no este basada en la originalidad de otros, entonces deja de serlo para convertir-se en copia, aunque la inspiración en las virtudes de otro es aceptable. A lo que no hay que ceder es al uniformismo que hay en la actualidad, y no me mal interpreten, sobre todo en el vestir femenino.

Insto al rechazo de la tónica actual, eso si, con gusto. Debo añadir que nadie puede forzarse a la genial originalidad si no tiene el don congénito (todo el mundo en mayor o menor medida es participe de él) pero no se debe caer en falsos ídolos de originalidad: véanse tribus urbanas de la contracultura de la actualidad como los perroflautas o el estilismo de algunos pseudoconservadores de extrema derecha. Sacando de contexto a Ben Franklin, todo aquel partícipe del extremismo debería ser castrado y repartir todo "lo suyo" entre los borregos de la humanidad ya que parece que les falta "virilidad" (él no dijo virilidad).

lunes, 5 de septiembre de 2011

El dinero, por un lego en economía

Dice Cicerón en De Senectute que jamás ha oído (o, mejor dicho, oyó) que un anciano olvidase donde había escondido su dinero. Bien, esto no es lo que me ha pasado a mi. Hace cosa de un mes, en una visita a mi abuela me dijo que se había encontrado 5500 pesetas en una carterita que le regaló, hace años, mi difunto abuelo. Son cinco billetes de 100 pesetas (del año 1970) y otro de 5000 (éste, del 76): los primeros vienen con un retrato de Manuel de Falla y el de 5000 con el de Carlos III.


Lo interesante de todo esto no es cómo mi abuela olvido esta fortuna en un bolso que no ha utilizado en, al menos, treinta años sino en lo que he reparado al echar una ojeada a las 5500 pesetas de mi abuela al volver del banco esta mañana.

Hoy mi madre me ha pedido (para la caja de la empresa familiar) que fuera a buscar cambio de 1000€. Con dos billetes de 500 me he dirigido a la sucursal del Banco X que hay en la esquina al otro lado de mi calle. Tras sospechar de mi mismo como atracador de bancos (es lo único que provocan esas puertas de seguridad) he esperado a que quedara una ventanilla libre y me he acercado a la amable cajera con intención de hacer la transacción (aunque técnicamente ni el banco gana nada ni yo gano nada, es la entrega de mil euros por su tantundem). Lo que ha sucedido es que la señorita me ha pedido un número de cuenta pero no tenía intención de ingresarlo ni tengo cuenta en el Banco X así que le he repetido que yo quería cambio. A esto ella me ha insistido en que necesitaba una cuenta particular pero, aun explicándole que venía de parte de una empresa me ha reclamado que necesitaba a un apoderado para poder hacer el cambio con una cuenta de empresa, cosa que yo no quería; tratándose como se trataba de simple cambio.


Si yo traigo un efectivo de 1000 (no teniendo ninguna deuda con ninguna entidad) implica que yo respondo de esa cantidad personalmente y que, por mucha rabia que le dé, a la amable cajera (ahora mala bruja, devoradora de tiempo y productividad), tendrá que darme otro tanto de la misma especie y calidad de lo que yo le entrego. Puedo entender que esto sea para evitar que un moroso trate de pasarse al efectivo para no pagar sus deudas bancarias, como hacía el dibujante Vázquez, pero no admito como excusa que el motivo de esto sea evitar que se dé cambio con la entrega de billetes falsos; seamos francos, al banco no le interesan los billetes falsos (ni a mi tampoco) pero el banco es la entidad idónea para interceptarlos. Por otro lado, con sus medidas de seguridad en la puerta y a la hora de darme cambio ya envían a tomar viento la presunción de inocencia hasta de la más venerable anciana (cosa que he visto cuando una señora no entendía como entrar por la puerta de seguridad, que es triple en el Banco X). Tras dedicarle un par de sonrisas condescendientes a aquella amable cajera que me ha aumentado el mal humor mañanero propio de mi persona he decidido probar, a ver qué me decían, en el Banco J, el cual me ha dado siempre la sensación de ser de los de toda la vida; a pesar de que algunos de los jefes de esa sucursal vayan en mangas de camisa y yo me afeite más que ellos (¡Qué carca soy!).

En el Banco J me han tratado con amabilidad y me han dado el dinero al instante, cierto que en este sí tengo una cuenta pero dudo mucho que el cajero lo supiera dado que no me lo ha preguntado y solo he entrado en ese local para usar el cajero automático algún fin de semana.

Al llegar a casa, le he entregado el efectivo a mi madre y, como ya he dicho, me he mirado las 5500 pesetas: en los 6 billetes, que tienen tantos años que podrían ser mis padres, reza una inscripción "El Banco de España PAGARA AL PORTADOR (tantas) PESETAS. Madrid a tantos de tantos de mil novecientos tantos". Cierto que ni el Banco X ni el J son el Banco de España (cuyo edificio sucursal en Barcelona es precioso tanto por dentro como por fuera) pero llevo un título que me es válido en varios países el cual depende del Banco Central Europeo, que a su vez delega en el Banco de España.

Lo que realmente me sorbe el seso y no soy capaz de comprender es la presunción de culpabilidad que se nos aplica cuando pretendemos hacer un inocuo cambio de dinero y se nos trata como estafadores que usan moneda falsa o blanqueadores de dinero. A mi parecer se trata de una atribución de poder al cajero a lo vigilante de piscina (alguien que no tiene potencial de liderazgo y se le legitima para usar la vil excusa de "es por su seguridad" para marimandonear y no beneficiar, tampoco diré perjudicar, a aquellos que pretendemos hacer uso de un servicio: cambio en el banco, baño en la piscina).

En definitiva, es envidiable la falta de escrúpulos que tienen algunos cuando se trata de ser un estorbo y la vergüenza que tiene la gente para ser amable. Para mi no ha sido un gran esfuerzo añadir a la nota de mi madre que cantidad de billetes necesitaba de cada tipo y la cantidad de euros que representaban respectivamente, del mismo modo, no espero una sonrisa ni un cómo esta usted aunque el más aséptico y frío de los servicios debe ser agradecido si es que nos lo hacen. No hace falta ser un mono pelota, pero cuando se hace un trabajo y, encima, se nos paga por ello, en primer lugar, debemos hacerlo y, en segundo, debemos hacerlo bien como poco.

martes, 12 de julio de 2011

Tras el silencio

Tras una pausa de producción, no aletargada precisamente, escribo palabras de vacaciones esperando tener un letargo veraniego de lo más productivo. Redacto junto a una ventana a través de la que veo caer una lluvia de verano parecida a la que le cae encima a El Manco de un conocido western.

A diferencia de otros escritos en este no pretendo dar a conocer una historia ocurrida sino simplemente dejar fluir la espontaneidad como la del caminante que no pretende llegar a ningún sitio mientras pasea por la ciudad, es decir, un andar suave pero animado que solo es guiado por las apetencias que puedan sugerir los sentidos en un momento de falta de obligaciones.

Ejemplo de lo último podría ser algo como el bajar por la Rambla con un paso que podría ser a ritmo de una pieza de Lacho Drom (recomiendo La Verdine) algo animado, como pretendiendo buscar el sitio donde uno fuera esperado para, pongamos, una cita. Una vez ese paso pasa, empieza algo más lento, más de película francesa. Girar a la izquierda en carrer de la Canuda, esquivar turistas y carteristas mientras se fuma un cigarrillo y se martillea el suelo con bastón de punta dura; se gira en Portal del Àngel buscando, váyase a saber qué y se enfila uno hacia la catedral tras señalar a dos holandeses despistados la dirección a Plaza Catalunya.

Una vez en frente de la catedral, vuelve aquel sobre sus pasos para coger carrer del Bisbe y llega a la Iglesia de Sant Sever pero no baja por aquella calle perennemente encharcada sino por el callejón que lleva la plaza de Sant Felip Neri a un paso más sosegado (como en Lentement Mademoiselle de Django Reinhadt). Para en la fuente y se ata el zapato izquierdo, no sin que caiga el bastón que se había reclinado en la repisa donde apoya el pie.

Luego, tras quitarse las gafas tintadas, se mira el paredón de la iglesia del santo que da nombre a la plaza, horadado por incontables balas que en tiempos desafortunados segaron las vidas de múltiples clérigos, religiosos y algún laico. Con tal pensamiento en la mente, el paseante, no puede parar en la terraza de la plaza a tomar nada, así que continúa hacia Sant Sever y asciende unos metros para mirar que piezas nuevas tienen en aquella joyería tan rara. De tan especial que es el genero, el nombre del establecimiento pasa completamente desapercibido.

Tras ver pendientes que son cascaras de huevo, gemelos en forma de revolver y colgantes que imitan hojas, sale y va calle abajo hasta Baixada de Santa Eulalia y, después de ésta, tuerce la derecha en carrer dels Banys Nous casi siendo atropellado por un ciclista barbudo, cosa que le enerva un poco haciendo más propio un tema más grave para sus andares (Cavalerie, también del maestro Reinhardt).

Al llegar a la esquina de Banys Nous con Carrer de la Palla mira el escaparate de pastas y tartas del Arcadia, el salón de té esquinero. Viendo aquella suculenta tarta de higos que tantas tardes de lunes le ha hecho pecar decide que es momento de un segundo desayuno, total, es muy pronto para un aperitivo. Se sienta en la mesa del centro de la sala de cara al gran ventanal sin cortinas a través del cual montones de curiosos admiran los manjares del aparador que hay en el interior. Es divertido curiosear las caras que pasan por delante de aquel cristal, sobre todo cuando se dan cuenta de que han sido descubiertas en su fisgoneo. Esto último suele invitar a entrar a más de un curioso en el que se despierta aquella complicidad de "Sí, la primera vez que entré yo también fui observado por un desconocido mientras miraba las pastas.

Tras el atracón uno puede acabarse la tisana e ir de vuelta la Rambla, coger calle del Carmen y ponerse en el patio de la Biblioteca Nacional a leer una novela de western de las de 75 pesetas comprada en cualquier tienda de la última calle y pasar el resto de la mañana entre Sol y sombra estando seguro que ni ha estado holgazaneando ni que su paseo ha sido vacuo.

lunes, 16 de mayo de 2011

¿A que nunca había visto decirle adiós a unos zapatos?

A proposición de la señorita de los zapatos rojos he decidido disertar acerca de calzado. Hace una semanas estuve en Florencia y, de camino allí, en la población de Santa Margherita Ligure me compré unos mocasines azules de ante. Hacía una eternidad que no me ponía en la Isla y al otro lado del Atlántico llaman "loafers".

Al principio me parecieron una de esas mamarrachadas de la moda actual que permiten a los oficinistas un toque de informalidad dentro de su uniforme pero una vez empecé a pasear con éstos calzados me di cuenta de lo cómodos que son. La sensación era de ir con zapatillas de andar por casa pero très à la mode. Todo en ellos era estupendo hasta que apareció mi hermana y su gran sentido de la estética para increparme por llevar calcetines.

Obedeciendo su criterio aquel paraíso se convirtió en un infierno de adoquines, además tenía frío en los tobillos mientras la planta de mis pies era un horno. Para colmo, acostumbrado a los zapatos de cordones cuya suela solo se flexiona de manera cóncava, los pedazos esos de cuero se doblaban también en sentido convexo con lo que cada borde de adoquín de me clavaba en el pie como si fuera descalzo.

Reconozco que los zapatos de cordones no son prácticos a la hora de ponérselos y, menos, a la de quitárselos uno. De todos modos, al tener una estructura parecida a las botas amortiguan los pisotones y hacen que el impacto contra el suelo no le acabe reventando el alma al caminante.

Entiendo que los zapatos de vestir no sean cómodos para según que situaciones y terrenos pero ir con bambas (como llamamos los catalanes a las deportivas) puede dar una imagen poco adecuada para según que ambientes (aquello de que bien vestido se puede ir dónde se quiera).

En definitiva, que el calzado debe llevarnos lejos pero que nos guste que nos lleve. si vamos con unos zapatos que nos gustan pero no llegamos al umbral de la puerta no vale la pena. Esto no va para las damas ya que todos sabemos que la belleza duele, pero les recomiendo que para evitar el dolor de los tacones prueben unos Ferragamo, que no acaban doliendo como unos Manolos u otro producto de otra casa (¡nótese que no lo digo por experiencia propia!).

martes, 26 de abril de 2011

Cubierto de salsa

Por falta de buenas historias en el último mes, he decidido que (por poner algo) público la siguiente fantasía.

En un pequeño restaurante del Borne barcelonés espera un chico joven y desaliñado, preocupado por cual será el motivo del retraso de ella y arrepintiéndose de la mala elección que ha hecho con su atuendo. Cierto que el gris es el nuevo azul pero hay algunas mezclas de tonalidades que son preferiblemente evitables.

Tiene miedo de haberse perfumado en exceso, que sus calcetines sean demasiado estridentes. ¡Qué coño! Está sentado a la mesa en un restaurante del Borne barcelonés.


Ella sigue sin aparecer y, como cualquier chico nervioso, elabora las más fatalísticas teorías, como "habrá tenido un accidente" u otras menos altruistas como "asimílalo, te han dado plantón". De repente pasa una gabardina por delante de los ventanales del restaurante, entra y se cuelga al lado de la puerta. Él está tan ocupado pensando en ella que no se da ni cuenta que la tiene delante, a punto de sentarse con él a la mesa.

Aunque ya había llegado, él seguía nervioso, las mujeres siempre le hacen sentirse como en un examen, un reto: le gusta satisfacerlas en sus expectativas sobre él sin dejar de actuar como suele hacer y con ello queda satisfecho. Una vez alcanzado este primer objetivo va a por uno mayor, en según que casos, muy difícil pero siempre más divertido: seducirla. Independientemente que su segundo objetivo sea la seducción, él no es un seductor, es decir, una cosa es ser seductor y otra muy distinta es ser UN seductor. El que es de los primeros, como él, atrae a todo el mundo; en cambio, los segundos atraen a un tipo de gente mucho más inmadura y superficial que generalmente hace escarnio de los primeros pero, valga el tópico, por pura envidia.

Volviendo a la mesa, él se levanta para cambiarle el sitio y darle una mejor perspectiva del restaurante, decisión tomada de manera poco premeditada dándole simplemente un punto de vista diferente pero no mejor. Empiezan a conversar de esto y aquello cuando les traen la carta y ella habla de compartir los platos cosa que a él le rompe los esquemas, a parte de no haberlo hecho jamás en una cita, él solo conoce sus propios gustos. Se pone más nervioso y aun más intentando no exteriorizarlo. El embrollo de qué proponer como plato comporatido tiene fácil solución ya que él no le hace ascos a ninguna comida y, por ello, le dice a ella que, siendo mejor conocedora del restaurante, elija los platos.

El decrecimiento de su nerviosismo a partir de aquí, si se expresara en una gráfica, sería radical pero alcanza un mínimo y vuelva a crecer cuando les preguntan poer el vino. Siendo un restaurante especializado en pescado, lo propio es pedir un blanco pero él no sabe más que de tintos y muy poco. Entonces, ya poniéndose en evidencia, le vuelve a pedir a ella que elija.

Al ser platos para compartir, él no sabe por donde empezar ni si empezar antes que ella. Se espera y sigue hablando de una tema tan recurrente como es el cine, evitando referencias pueriles como decir que la situación le recuerda a tal film o tal otro.

Comen, beben y hablan, como ya he dicho, de esto y de aquello hasta que terminan la comida. Otra vez se disponen a pedir, ahora: el postre. El toma la iniciativa y dice lo que le apetece pero no es del agrado de ella el mascarpone-toffe poniéndolo de manifiesto cuando habla del helado de avellana.

Ella se disculpa y se levanta de la mesa. Él queda solo, creyéndose observado por un millón de espectadores imaginarios como si estuviera en una película y supiera que es un personaje. Olvidando lo último, desde que ella se ha retirado, el helado de avellana se le ha hecho más y más apetecible y cuando ella está regresando, él pide el mencionado postre. Lo comen juntos, sin ceremonias hiperglucémicas pero con una recíproca mirada a laso ojos que no queda lejos del romanticismo.

Terminan y aparece la última y más brutal de las luchas en una cena: pagar la cuenta. En ese momento él se da cuenta de la gran mancha de salse en su camisa creando para si un ambiente más tenso. "¿Habrá visto mancha?" o "¿ha visto con qué torpeza me la he hecho?" son las preguntas que se le ocurren antes de pagar. ¿Qué hace? ¿Se deja vencer en esta batalla final mostrando una imagen infantil e inocente o paga ya actúa modestamente como un pagafantas? Distraído como está en su fuero interno acaba siendo invitado, de todos modos ha cedido ante el helado de avellana.

Al final, salen, encienden sendos cigarrillos, hablan de esto y de aquello, se besan y no piensan en nada (excepto por la mancha en la camisa). A pesar del tópico, todo es imperfectamente perfecto.

sábado, 19 de marzo de 2011

Calle Salmerón

(Recomiendo a los usuarios de Spotify que al leer éste articulillo escuchen una y otra vez The Old Fun City de Burt Bacharach en la banda sonora de "Butch Cassidy And The Sundance Kid" para mayor apreciación y sumergimiento en el contexto del escrito. Es más, les insto a buscar las imágenes que me han inspirado el texto.)

No pudiendo dormir pensando en qué estarán haciendo mis colegas en una noche en la que mi mayor plan ha sido ir a conversar al Cementerio de Elefantes (antro de bella y mala reputación del barrio), finalmente me he puesto a merodear por otros antros cibernéticos observando fotografías del blog itsbarcelonababy donde mi hermana salió retratada por su buen gusto en cuanto a vestimenta, he encontrado un video de una vista tomada del tranvía 169 de Barcelona en el año 1908 de Nuestro Señor. Este tranvía hacía el siguiente recorrido: subía por Paseo de Gracia siguiendo por Gran de Gracia (antes calle Salmerón) y en la Plaza Lesseps se encaminava a Avenida República Argentina y una vez arriba del todo pegaba la vuelta para volver por donde había venido a Plaza Cataluña y volver a empezar el recorrido.

El video me ha provocado nostalgia y melancolia por un tiempo que no pude vivir ni conozco ni conoceré a nadie que lo haya vivido. Es una situación histórica en la que mentalmente me gusta imaginar al Dr. Júvar o a mi padre; por supuesto, sé que no la vivieron pero, desde luego, conociéndoles, es perfectamente elucubrar que la vivieran, no por la edad física que aparentan.

La gente, consciente de la cámara rombolesca (nada que ver con las de ahora) en el morro del tranvía, procuraba pasar por delante de ésta de manera disimulada (como quien no quiere la cosa) aunque había algunos transeúntes que montaban la escenita y se hacía ver de manera teatral como si se hicieran una retrato al estilo de la escena de The NY Sequence en "Dos hombre y un destino".

Ver a gente bien vestida (¡y de diario!) por el Paseo de Gracia o la Calle Salmerón es una imagen que me sorprende y a la vez me parece natural, como si la hubiera visto un millar de veces (en mi cabeza). Hoy en día, mucha gente se emperifolla cuando en realidad visten como pordioseros (no implico que trajearse sea la máxima de mi canon estético); lo que debiera hacer todo el mundo es llevar la ropa con más naturalidad; a todo el mundo se le ve interpretando un personaje de acuerdo con su estilo de vestimenta, cosa que resulta ridícula y cargante ya que no es su verdadera personalidad sino un ente creado por el miedo al "¿qué dirán?". En las imágenes inspiradoras de lo que escribo veo inconsciencia en cuanto al atuendo, cada uno lleva lo mejor que puede lo que tiene para cada día sin importarles que llevan pues es lo que les identifica dentro de la sociedad en la que, con mayor o peor fortuna, diré que se sitúan más arriba o más abajo pero están orgulloso de su posición. Actualmente, el que está arriba pretende que está más abajo y el que está abajo apunta para arriba con un falso orgullo de su posición real. Cada uno debe aceptar lo que es y donde está a la vez que acepta lo que son y dónde se encuentran los demás.

Hay una asunto que sigue inquietándome, lectores míos: ¿me ven ustedes como un excéntrico pretencioso, un romántico acabado o qué? (Espero que empiecen a usar más a menudo la sección de comentarios de este blog).

Espero que este artículo les haya resultado menos pesado de leer ya que algunos de ustedes ya me han criticado por extenderme demasiado. Adjunto, además, un saludo a la señorita Fores quien me ha mentado la despreciable pero necesaria publicidad que hago de estos escritos.

lunes, 14 de marzo de 2011

De mentores y de pupilos o comiendo con el Presidente.

Tras un mes de ausencia, vuelve a visitarme la señorita inspiración que claramente es soltera y no le gustan las ataduras conmigo pero le gusta verme de vez en cuando, no sé por qué pero ahora me la imagino con zapatos rojos.

El miércoles pasado tuve la oportunidad de comer con el muy honorable Presidente Jordi Pujol. Fui acompañando a mi padre, mi mentor (el Dr. Júvar) y a Narciso Pi (pupilo de mi padre). Fue una experiencia interesante ver a una institución personal como es el Presidente de la Generalitat con más tiempo en el cargo. Debo hacer notar que sigue actuando y hablando como un político sin serlo actualmente, pero decir mucho sin decir nada y responder lo que se quiere en vez de lo que quieren con una pregunta es un don/defecto que sólo poseen los políticos.

Fue una comida interesante, y un saludo interesante, quiero decir, cuando fui presentado a M. H. Jordi Pujol se me creó una situación extraña en la cabeza; estaba, en cierto modo, emocionado y por otro lado debía aguantarme la risa cada vez que oía su carraspera, conocida y caricaturizada por todos aquellos que leen esto. No seguiré hablando de el Hombre ya que me daría para escribir un libro.

Después de la comida fuimos, los que acompañaba y yo, a hacer la sobremesa a la azotea del Universal, hotel situado en frente del Liceo. Hacía un Sol espléndido y fumar al aire libre resulta muy agradable en esa situación, viendo gente tender ropa en los terrados y turistas paseando por la Rambla. Estuvimos hablando de esto y aquello: textos de Stefan Zweig (sobretodo la póstuma biografía de Montaigne), algo de Joseph Roth (y su Hotel Savoy, que no es el de Londres) y un largo etcétera que el lector se puede imaginar viendo de qué cuerda son los mencionado temas.

En el entretanto me di cuenta de la situación, dos pares de mentores y de pupilos. Entonces pensé en aquello que me había dicho mi amigo Marcelo Stranglehoff de no sé qué película en la que decían que todo hombre, en su vida, ha de tener un discípulo y un maestro, lo que me planteó ¿quién narices es mi aprendiz? y ¿puedo o no elegirlo?, lo lógicamente absurdo es pensar que mentor y pupilo se han de parecer pero creo yo que el pupilo debe de trascender al maestro y hacerse a si mismo con la guía del mentor. Obviamente buscando el parecido con alguien solo se consigue una caricatura del imitado y de uno mismo, si yo fumara los mismos puros que el Dr. Júvar, bebiera sus gintónics, no sería un aprendiz, sería un burdo imitador. Si uno por ser mi aprendiz entiende ponerse americana y corbata, fumar mi marca de cigarrillos y beber cócteles creados en los años 20 no hace más que imitar mi personaje sin aportar nada de nada al que pudiera ser su aprendiz, que lo que aprenderá es una imagen viciada de mi mismo. Es como disfrazarse de hobbit y medir 1'90 y que luego un tercero entienda que los hobbits miden casi dos metros.

El problema reside en si se puede hacer de maestro Shao-Lin y elegir y hacer criba de discípulos o tiene que ser en plan ONG para el desarrollo de la personalidad y ayudar a despersonalizados y estereotipados sujetos en busca de autenticidad. En el caso de mi padre y Narciso, mi padre fue quién eligió, pero en el del Doctor y yo diría que elegí yo. Conclusión, ninguna.

Quizá es que alguien muy abierto de miras me ha dicho que soy abierto de miras y ahora me estoy planteando si realmente soy abierto de miras, como me dicen, o soy tan snob y cerrado como me gusta ser. Puede que sea partícipe de una especie de snobismo abierto de miras o de un ancho de miras esnobista.

Hay que ver con la maravillosa dama de zapatos rojos; ora viene, ora se va.